Relatos

AÚN HUELE A LLUVIA


Aún huele a lluvia. 


El césped mojado se hunde con cada una de sus pisadas. Pies de hierba, pies de barro.La luna llena se deja ver. Tímida y silenciosa. Rodeada por una fina aureola de misterio.Caminan de la mano. Sonrientes. Ella se queja de sus rizos. Él bromea con ellos, ensortijándolos más. Le gusta ese aspecto salvaje que toman sus cabellos cuando sienten la humedad. Hacen contraste con su rostro todavía de niña. Su piel es suave, sus ojos enormes, sus labios carnosos. Su cuerpo indefinido. Chica de quince primaveras. Soñadora. Extrovertida. Sincera. Atrevida. Y enamorada.Sí. Enamorada. No le importa lo que digan. No es demasiado joven. No es demasiado pronto. No existen edades para amarse. Ni parámetros, ni condiciones. Sólo personas, sólo corazones, sólo sentimientos. Sólo ella y él.Aún huele a lluvia. Y un beso en la noche. Dulce, improvisado. Otro. Caprichoso, diferente. Y otro. Profundo, embaucador. Otro más. Esperado, lascivo. Otro más. Otro. Otro. Otro más. El deseo se va apoderando de ellos. Frágiles marionetas de la pasión. Calor a siete grados centígrados.Se miran. A veces, las palabras sobran. Basta que hablen los ojos.Se comprenden. Entienden sus emociones. Sus ganas. Él las de ella y ella las de él. Buscan hasta encontrar cobijo. No es muy romántico. No es la habitación de un lujoso hotel. Ni siquiera es el sillón de uno de esos reservados de discoteca. Ni el asiento trasero del coche. Él la consulta con un nueva mirada. Ella sonríe. Y de la mano entran.¿Señoras o caballeros? Señoras. Seguro que está más aseado.Entre besos y caricias logran poner el pequeño cerrojo. Botones que se desabrochan. Prendas que caen abandonadas al suelo. Cremalleras abiertas.


La chica tiembla. Nerviosa. Excitada. La mano del chico desaparece bajo su ropa interior rosa y negra. Ella la siente. Jadea. Lentamente. Luego más rápido. Un beso contiene un primer grito. El segundo se escapa. Sin temor. Sin rubor. Un tercero es inevitable cuando él se inclina y encuentra con la lengua su rincón más escondido. Triángulo del deseo. Ella cierra los ojos. Se apoya con fuerza contra la pared. Gime acompasada. Qué sensación. Placer. Aguanta lo que puede, hasta que no lo resiste más. Sucede.
Sin demorarse ni un segundo, decide que es su turno. Ahora es ella la que se inclina en aquel pequeño cubículo. Ella es la que manda y ordena. La que prueba. Y él se deja hacer. Confía en sus manos, en su boca. Una mirada cómplice. Está excitado. Cada vez más. Y más. Ella le lleva al mismo cielo. Más. Pero no quiere que se termine ahí. La ayuda a incorporarse. Con su rodilla roza sus muslos, invitándolos a abrirse. Y se abren. Uno enfrente del otro. Desnudos. Uno dentro del otro. Inquietos. Unen sus labios. Jadean. Sienten. Jadean. Más sueltos, más confiados, más hábiles. Como si aquel pequeño cuarto semi oscuro fuera el lecho de cada día. Aceleran el ritmo. Todo se hace mayor. Crece la intensidad. El fuego. La agitación. El morbo. Aumentan los gemidos que terminan en una fuente de gritos incontrolables. Como un río que se desborda. Como la espuma saliendo de la botella de champagne. Suspiros. Beso en los labios. Sonrisa. Se visten. Vuelta a la normalidad. Con disimulo, salen del nido. Nadie los ve. Enamorados. Capaces. Atrevidos. ¿Y por qué no? Y cuando regresan a la noche, aún huele a lluvia.


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NUESTRO PRIMER BESO



Lo recuerdo todo como si fuera ayer. Las velas, la tarta, aquellos sombreros tan ridículos que llevaban todos, las bromas por hacerme más vieja... Mi decimoquinto aniversario. Recuerdo como la luz se apagó en un momento de la noche y todos comenzaron a cantarme el “cumpleaños feliz”. Me emocioné. Me sentía especial.
Y entonces, en un pasillo improvisado de cómplices amigos, apareciste tú. No ibas solo, tenías a “Tutti” entre tus brazos. Se me saltaron las lágrimas cuando vi a aquel conejo pequeñito con sus orejas blanquitas echadas hacia atrás adormilado contra tu pecho. Me lo entregaste con una sonrisa preciosa y lo acurruqué. No hacía mucho que nos acabábamos de conocer. Eras el nuevo del cole, y sin embargo, en pocos días te cogí mucho cariño. Bueno, para que engañarnos. Me enamoré de ti desde la primera vez que te vi. De pie, tímido, mirando a un lado y a otro, asustado. Quizás esa fragilidad inocente fue la que me hizo acercarme a ti y preguntarte tu nombre. Tartamudeaste, pero me hiciste reír. Y te invité a que te sentaras en la mesa libre que estaba a mi lado. Cruzábamos miradas. De vez en cuando notaba como me observabas disimulando. Sonreía para mí y saboreaba esa sensación. Y en cuanto podía y te veía distraído, me rendía ante tus ojos azules. Creo que no te dabas cuenta de nada. El día de mi cumpleaños me sentía más guapa. Me madre me había regalado un vestido nuevo negro con el que parecía más mayor. Y sobre todo, hacía dos días que ya no llevaba el horrible aparato dental. Podía sonreír sin temor.


Después de soplar las velas, todos se empeñaron en que jugásemos a la ruleta del beso. No sabía que habían planeado dejarnos a solas. Giré la botella y te señaló. Me puse rojísima. Y tú blanco. Entonces, nuestros amigos, nos obligaron a encerrarnos en mi cuarto. Pasé muchos nervioso. Me sudaban las manos. El vestido ni siquiera estaba en su sitio. Me senté en la cama y te contemplé dubitativo. Te dije que si no querías hacerlo, que no pasaba nada. Mentiríamos. Y fue cuando me confesaste que nunca habías besado a una chica.
Sonreí. Me sentí feliz. Me levanté, te cogí de la mano y te invité a que te sentaras junto a mí en la cama. Y fue cuando te confesé que yo tampoco lo había hecho. Sonreíste. Temblorosos, aproximamos nuestros rostros y con cierta torpeza unimos nuestros labios. Hoy diez años más tarde, celebramos mi veinticinco aniversario. Pero sobre todo celebramos juntos que hace diez años que nos dimos nuestro primer beso.

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VEN


Ven. Entra despacito. No lo dudes, sin miedo, estoy aquí. Cierra los ojos. Ahora ábrelos. Mírame. Dibuja esa sonrisa que me gusta tanto. Sí, esa que te ilumina la cara. Esa que te hace ser la chica más guapa del planeta. ¿Sabes que te quiero? Ven. Es un placer que te sientes a mi lado. Que rocen nuestros cuerpos, cálidos. Que me cojas la mano. Que juguemos con los dedos. Adoro sentirme tan cerca de ti. Parece como si nuestros corazones latiesen al mismo tiempo. En la misma melodía de amor. ¿Los oyes? Ven. Entrelaza tus piernas con las mías. Átame a ti. Cierra el candado que une nuestros cuerpos. No te separes nunca de mí. Eres todo, lo que siembre quise. Eres la única verdad. La canción de mi vida. Las palabras del poeta en primavera. ¿Te puedo besar? Ven. Permite que pruebe tus labios. Que averigüe a que sabe tu boca. Cierra otra vez los ojos. Déjate llevar. Lento. Muy lento. Poco a poco. Deslizándonos uno dentro de la ropa del otro. Suspiras. Escribe tus deseos en mi piel. Me vuelvo loco. ¿Esto es el infinito? Te vas. Lo comprendo. Tu tren. No, no son lágrimas. Es la lluvia la que baña mi mejilla. La pena va por dentro. No dejaré que mi dolor te hable. No tienes que saber que me muero cuando no estás. Soñaré contigo una vez más. Te espero en mi próximo sueño. ¿Cuándo volverás?
Te quiero.


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MARZO



Sol de marzo. Suave, ligero, templado. Sol primaveral. Suficiente para broncear sus desnudos brazos.
Descansan, tumbados en el césped. Ella estudia. Él la observa. Frente a frente. La brisa la despeina. Con un gesto sencillo, natural, aparta de su rostro un cabello desobediente. Aunque sus ojos no se despegan del cuaderno. Reflexiva. Inteligente. Decidida. Chasquea los dedos y escribe la solución. Está enamorado. Le encanta mirarla. Es preciosa. Se la sabe de memoria. Cree conocer todos los rincones de su cuerpo. Sin embargo, cada día descubre algo distinto. Algo nuevo. Algo que la hace quererla aún más. Porque para ellos cada vez que la luna se acuesta es una primera vez. A ella le entusiasma que la mire. Sonríe para sí. Está enamorada. Ya no puede vivir sin él. Sin su risas. Su aroma. Sus caricias. Es todo. Todo. Aunque no hablen. Silencio. El silencio forma parte de su lenguaje. No necesitan obligarse a decir nada. Ya no. Escuchan a sus corazones. Con eso basta. Ella juguetea con un bolígrafo en la boca. Él se muerde los labios, soñador. Imaginando cómo será la próxima vez. Ella lo sabe y se acomoda sobre sus codos regalándole una sensual visión de color rosa. Consciente. Él acepta el regalo, azorado, tímido, excitado. Disimulando. Como si no se conociesen. Como si jamás se hubieran visto desnudos. Como si fuese la primera vez. Fingida ingenuidad. Inquietante. Provocadora. Por fin, sus ojos se encuentran. Se sienten. Se comprenden. Se desean. Y es que no les hace falta palabras para decirse que se quieren.


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